Li Bai y la geografía cultural de su juventud, por Álvaro López del Río

Li Bai, el momento de su muerte, y la relación con la luna

Tal vez aquel día del año 762 no muriese abrazado a las aguas del río Yangtsé tras lanzarse en busca del femenino y solitario reflejo de la luna que, dicen, lo había hechizado desde antes de emprender su errante peregrinación por los senderos y regueros de la China de la dinastía Tang (618-907), considerada una época de gran esplendor cultural y edad de oro de su literatura. Tal vez aquel día al instante de despedirse de su vida nómada no estuviese bajo los influjos del alcohol que tan fielmente lo acompañó en sus andanzas de verso y rebeldía. Puede que, en realidad, su final sí estuviese marcado por el alcohol, aunque más bien por los estragos de este en un cuerpo maltrecho por los hábitos de quien decide inconscientemente ensanchar el viaje en lugar de prolongarlo, desafiando los principios de la longevidad taoísta; o, tal vez, fuese un elixir envenenado el que puso fin a su camino.

Sin embargo, Li Bai (701-762) estaba tan enamorado de la divinidad del astro como de la ebriedad que lo inspiraba, que no seré yo quien rechace la versión más literaria de sus muchas muertes. Al fin y al cabo, en aquel reflejo sereno, el poeta inmortal ―el más esencial de la literatura china junto a Du Fu (712-770) ―, pudo encontrar el hogar que siempre echó de menos y con el que se asocia el simbolismo de la luna en alguno de sus poemas; en aquellos en los que la luz de plata, compañera leal y confidente, se conjuga en el tiempo de la nostalgia y la tierra de juventud del poeta:

Ante la cama, contemplo la luna.

Parece escarcha esparcida en el suelo.

Alzo los ojos, la veo en el monte;

los bajo, y pienso en mi tierra natal.

«Pensamiento en una noche tranquila».

Regreso a la geografía y la cultura de la infancia y la adolescencia

La leyenda de sus seguidores sugiere que ese último suspiro, en forma de abrazo, significó la ascensión a algún lugar extraterrenal, celestial, al que había pertenecido previamente y del cual, quizá, nunca hubo de haber descendido. Sin embargo, yo prefiero interpretarlo como un gesto de regreso: un viaje de vuelta a la tierra de su infancia y adolescencia, al paisaje en el que se habían hundido sus raíces y a la cultura que había forjado su espíritu libre y su temperamento como literato. Ese retorno es el retorno a la cultura Bashu, una civilización que se desarrolló en el suroeste de China y que abarcaba los territorios de la actual Sichuan, de la municipalidad de Chongqing y de zonas de Yunnan y Guizhou.

Y es que la poesía de Li Bai no puede entenderse sin la geografía cultural de Bashu: orografía extrema e imponente ―ríos caudalosos, exuberante naturaleza y arduas rutas por las majestuosas montañas escarpadas― ni sin la fuerte y arraigada tradición taoísta de la región, cuyos fundamentos se basan en la fusión del individuo con la naturaleza, el camino sin ataduras y en el ideal de la búsqueda de la inmortalidad. Esta comarca, aislada por cadenas montañosas abruptas y casi infranqueables, moldeó a lo largo de los siglos los rasgos de una cultura singular que, a través de sus propios eruditos y escritores, desarrolló una creatividad desbordante, con imágenes de inmortales, caballeros quijotescos, paisajes celestiales y rituales que estimularon el ingenio.

En este entorno, el precoz talento poético de Li Bai pudo volar sin restricciones, pues su educación basada en los libros clásicos se veía enriquecida por los ánimos de su padre para que compusiera versos y conociera las tierras de alrededor. En la tradición letrada china, para ser un hombre culto se necesitaba leer 10000 libros y caminar 10000 li, unos 5000 kilómetros, pues tanto enseñaban las páginas de los demás como tus propios pasos en la procura de un nuevo horizonte y en la cita con el diferente a ti. Nada mejor que conocer las enseñanzas de sus gentes que recorriendo la verticalidad sublime de su propia región y navegando sus profundos ríos antes de servir en la corte imperial, antes de convertirse en un hombre de estado. Este paisaje arduo, peligroso, formidable, y algunos desencuentros, influirían definitivamente en su configuración como poeta y en la forma de expresar su frustración ante los reveses de la vida. Su pincel replicó sus sentimientos:

¡Oh! ¡Qué peligro! ¡Qué altura!

Es más difícil seguir el camino de Shu

que escalar el cielo azul.

«Difícil es el camino de Shu»

La influencia del taoísmo y el budismo

Li Bai se adentró en su región para conocer otras formas de hallarse en el mundo. Es indudable que vivir junto a un erudito eremita taoísta en una cueva en un acantilado reforzó su concepción del taoísmo en la que el hombre es libre en fusión con la naturaleza, sin riendas que aten su independencia, y en su visita al monte Emei, una de las cuatro montañas sagradas del budismo en China, encontró la paz de las enseñanzas de los sabios monjes budistas y la armonía estética heterogénea de la montaña más simbólica de su tierra.

El monje budista de Shu desciende,

con su laúd bajo el brazo,

del oeste del monte de Emei.

Apenas pone sobre las cuerdas sus manos,

oigo un coro de mil pinos en los barrancos.

Las aguas que fluyen purifican mi alma.

El eco se funde con las campanadas

del templo cubierto de escarcha.

No advierto el ocaso que cae en los montes de jade,

ni el velo plomizo que cubre las nubes otoñales.

«Escuchando a Jun, el monje budista de Shu, tañer su laúd»

La huella imborrable de Bashu

Retiro y montaña, búsqueda de la inmortalidad en ella, longevidad idílica, pero antes de ello, tenía que dejar atrás las tierras del suroeste para trascender con su trabajo poético y, con ello, labrarse un porvenir. Un futuro, incansable y errante, tal vez algo beodo, pero independiente, por los parajes más diversos del imperio con la aspiración de entrar en la corte, pero con la reminiscencia de Bashu siempre tras de sí, pues en su mirada hacia el nuevo mundo no olvidaría su geografía interior: aquella de cumbres imposibles, gargantas misteriosas, ríos salvajes y valles fértiles. Y una luna de luz hermosa a la que abrazar.

Oh, luna del monte Emei, hermoso medio disco del otoño/

Tienes esparcidas tus luces sobre las impetuosas aguas del río de Pingqiang/

De noche salgo de Qinxia y paso por las Tres Gargantas/

Viajando a Yuzhou, no te veo. ¡Qué pena! ¡Cuánto te echo de menos!

«Canto a la luna de la montaña de Emei»

Álvaro López del Río es licenciado en Periodismo y tiene un Máster en Filología Hispánica. Desde 2016, es profesor de Lengua y Literatura Españolas en varias universidades chinas, en concreto en las ciudades de Shijiazhuang, Tianjin y Hangzhou.