La literatura de El Salvador

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País: 
El Salvador

La literatura de El Salvador

La primera literatura que se produjo en el actual territorio de El Salvador fue la que se dio, por lo general —aunque no solo— en forma oral, por parte de los que fueron los pobladores indígenas del territorio con anterioridad a la llegada de los conquistadores españoles. Por no hacer la exposición demasiado exhaustiva, se han seleccionado dos de los pueblos originarios para exponer su literatura. Por parte del pueblo nahua (el que actualmente es el grupo étnico más numeroso del país), merece la pena destacar que la suya fue una rica tradición transmitida de manera oral y pictográfica (en este caso plasmada en lienzos, códices e incluso mapas) compuesta por relatos (tanto de la realidad como mitológicos), cantos (compartidos con otros pueblos mesoamericanos y conocidos como “cuícatl”), discursos (por lo general de carácter sagrado) y enseñanzas tanto de carácter histórico como religiosas, rituales, espirituales y éticas. Merece la pena destacar que esa literatura se produjo en idioma nahuatl, una lengua vehicular mesoamericana compartida, o al menos utilizada, por varios pueblos de la región. Por su parte, en el caso del pueblo lenca, la literatura antigua que producían era solamente de carácter oral, y estaba compuesta por mitos y leyendas —que trataban sobre la creación del mundo, sobre el origen de los propios lencas como pueblo y de las hazañas de los que eran sus principales héroes—, de cuentos con frecuencia con un componente moralizante y de cánticos y poemas con los que en cambio expresaban principalmente sus emociones (se trata en este caso de una literatura producida en la propia lengua lenca).

Tras la llegada de los españoles, comenzaría la que se ha dado en llamar época colonial de la literatura nacional, que en el caso salvadoreño no destacó tanto como la de otros focos coloniales españoles en América, dándose inicialmente solo la aportación de autores españoles desplazados al territorio salvadoreño (destaca en ese sentido la aportación del poeta Juan de Mestanza, quien ocupó una alcaldía mayor en El Salvador); no obstante, sí se ha constatado una notable actividad teatral, y sobre todo se ha puesto de relieve la relevancia de la literatura religiosa, en forma de tratados teológicos y hagiografías, de la mano primero de monjes españoles pero después también de monjes ya oriundos de El Salvador (entre estos últimos destacan Fray Juan Díaz, autor de “Vida y virtudes del venerable fray Andrés Valle”, Juan Antonio Arias, autor de “Jesús recién nacido”, y Fray Diego José Fuente). Y también en la literatura no religiosa hubo una primera aportación destacada, como la obra “El puntero apuntado con apuntes breves”, de Juan de Dios del Cid, que pasa por ser la primera obra literaria impresa en territorio salvadoreño (fue, por cierto, impresa por el propio autor con una rudimentaria imprenta fabricada por él mismo). Ya en los últimos años del dominio español aparecieron otras figuras precursoras de la literatura nacional que precisamente por ser de aquel momento luchaban por el derecho de su pueblo a vivir sin opresión; es el caso de figuras como Manuel Aguilar, José Simeón Cañas e Isidro Menéndez, todos ellos sacerdotes. En un género diferente, el del verso, aunque no de forma totalmente desvinculada del componente político antes comentado, destaca también la aportación de Miguel Álvarez Castro, autor de poesía laudatoria.

Una vez conseguida la independencia, y de la mano de la creación de instituciones que eran necesarias para el desarrollo de una literatura nacional (como la Academia Salvadoreña de la Lengua o la Biblioteca Nacional), destacaron primero autores dedicados a diferentes disciplinas (David J. Guzmán a las ciencias naturales y Santiago I. Barberena a la geografía) y después, dentro del marco del movimiento del Modernismo, poetas como Juan José Cañas (autor de la letra del himno nacional), Francisco Gavidia (de quien se dice que fue el orientador de Rubén Darío durante la estancia de este en El Salvador), Rafael Cabrera, Dolores Arias o Vicente Acosta, entre otros. Ya en el siglo XX, el Modernismo dejó paso al Costumbrismo, de la mano de autores como José María Peralta Lagos (que fue político además de escritor), Manuel Enrique Araujo (que, en cambio, fue también médico), Alberto Masferrer (quien hizo crítica social), Arturo Ambrogi (que llegó a ser el escritor vivo más leído del país en el primer tercio del siglo), Alfredo Espino (que se dedicó principalmente a la poesía) o Salarrué —pseudónimo de Salvador Salazar Arrué— (quien se prodigó en varios géneros).

Ya en la segunda parte del siglo XX y en el siglo XXI han destacado otras voces como las de Luis Gallegos Valdés (excelente crítico literario además de escritor de su propia obra), Matilde Elena López (poetisa, ensayista y dramaturga), Otoniel Guevara (poeta cuya obra ha sido declarada patrimonio nacional), Claudia Lars (poetisa considerada una de las voces más sobresalientes de la lírica centroamericana del siglo XX), Arquímides Cruz (cuya relevancia fue tal que hoy en día da nombre a un premio nacional del género que cultivó, la poesía), Miguel Huezo Mixco (autor de poesía, ensayo y novelas), Ricardo Lindo Fuentes (uno de los escritores más reconocidos en los últimos tiempos), Carmen González Huguet (que ha trabajado diversos géneros), Horacio Castellanos Moya (novelista y cuentista que ha ganado premios a nivel iberoamericano) y Óscar Martínez (una de las jóvenes figuras de las letras nacionales en la actualidad).

La literatura sobre El Salvador

Fue Pedro de Alvarado el español que se encargó de la conquista del actual territorio salvadoreño, en lo que se puede considerar una fase posterior a la de la conquista del actual territorio mexicano por parte de Hernán Cortés (en la que también participó Pedro de Alvarado). Del propio Pedro de Alvarado es la “Carta de Relación”, escrita con fines eminentemente prácticos (y, al parecer, con poco talento) para narrar los episodios más importantes de la conquista del territorio salvadoreño. También destaca lo narrado sobre El Salvador en otras crónicas, entre las que destaca la obra “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” del autor Bartolomé de las Casas.

Ya en lo que se podría considerar el formato de la literatura de viajes moderna, merecería la pena destacar obras que tratan sobre El Salvador así como de otros países centroamericanos, como “El viejo expreso de la Patagonia” (en la que Paul Theroux recorre en tren el continente americano de norte a sur pasando por El Salvador, entre otros muchos países). Más cerca quizás del ensayo, se sitúa la obra “El futuro está lleno de memoria. El Salvador, de la guerra a la paz”, de Iosu Perales. Y también merece la pena destacar los reportajes realizados por extranjeros de la guerra civil salvadoreña, entre los que destaca “Masacre”, del estadounidense Mark Danner.

Lecturas propuestas

El asco (Horacio Castellanos Moya)

En esta obra de una de las figuras más relevantes de la literatura salvadoreña actual, se ofrece la historia de un emigrante salvadoreño residente en Canadá que vuelve a su país de origen —muchos años después de su marcha— con motivo del fallecimiento de su madre y de la necesidad de realizar ciertos trámites y gestiones con el fin principal de conseguir su parte de la herencia. A través de un monólogo que se extiende desde la primera página del libro hasta la última, el propio protagonista le cuenta en primera persona a su interlocutor —que, presumiblemente, es el propio autor del libro— las impresiones y sensaciones que el regreso a su país de origen le está produciendo.

La diabla en el espejo (Horacio Castellanos Moya)

Con un formato similar al del libro anterior, el de un monólogo continuo de un único personaje que dura tanto como lo hace el propio libro, lo que en este caso se cuenta son las impresiones de una mujer de la alta sociedad salvadoreña acerca del reciente fallecimiento de una de sus amigas más cercanas, que era también amiga de la supuesta interlocutora del monólogo. Más allá de la propia historia, que en ningún momento deja de aburrir (son intensas las vivencias de la difunta —y de ella misma— que cuenta la narradora), el libro transmite un importante componente costumbrista de la cultura y la sociedad salvadoreña.

El viejo expreso de la Patagonia (Paul Theroux)

En este libro de culto para los viajeros en general y para los amantes de los viajes en tren en particular, el autor cuenta sus andanzas en el paso por El Salvador, que se desarrollan principalmente en las ciudades de Santa Ana y de la capital, San Salvador. A lo largo de las páginas que dedica al país, Theroux reproduce algunas conversaciones mantenidas con salvadoreños, emite su opinión sobre cuanto ve a su paso por el país (en ocasiones haciendo comparaciones con otros países centroamericanos que ha visitado previamente en ese mismo viaje) y, como colofón, cuenta su experiencia acudiendo al estadio de la capital para ver un partido de la selección salvadoreña de fútbol contra el vecino centroamericano México.

Unos apuntes geográficos, históricos y culturales que ayudan a entender la literatura

El Salvador es un país centroamericano de un tamaño incluso menor al del resto de países centroamericanos, que de por sí son países pequeños si se tiene en cuenta el estándar de los países americanos en general; es de hecho el único país centroamericano junto a Belize que no tiene costa en los dos océanos, sino que solamente la tiene en el Pacífico. Se trata de un país notablemente montañoso en el que también hay presentes volcanes, y el clima, de tipo tropical, es responsable de un ecosistema de selva-bosque que cuenta con una destacada biodiversidad.

En lo que concierne a la historia, después de un período prehispánico en el que se sucedieron diversos pobladores entre los que destacan los mayas y los nahuas —estos últimos son el pueblo mayoritario en el país—, llegaron la conquista y la pertenencia al Reino de Guatemala y en siguiente instancia al Virreinato de Nueva España. En 1814 se consiguió la independencia de España por parte de la República Federal de Centroamérica, de la que El Salvador era uno de los cinco estados, y en 1841 El Salvador se constituyó como estado independiente. Se instauró una república que trató de apoyarse económicamente en el cultivo del café y en la que, desde ese primer momento, y hasta la actualidad, no han faltado las discordias, los períodos de autoritarismo militar e incluso las guerras civiles.

En lo que se refiere a la cuestión cultural, como ya se apuntó al inicio del artículo el pueblo nahua es el mayoritario en el país, aunque también existen otras etnias relevantes como la lenca, la cacaopera, la xinca o las de origen maya (la maya chortis y la maya pocomame). En lo religioso, la población es mayoritariamente cristiana con protagonismo especial para el Catolicismo pero con auge del Evangelismo.

 

 



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