El haiku
Las buenas obras de arte dicen siempre más de lo que parecen decir y, a menudo, mucho más de lo que el propio artista era consciente de estar expresando en el momento de su composición. En el caso del haiku, forma poética originada en Japón en el siglo XVII, dicha máxima se cumple acaso mejor que en ningún otro género literario.
A través de las escasas diecisiete sílabas que lo componen, el haiku implica una forma de vislumbrar el mundo no basada en la conceptualización de que, en ocasiones, tanto abusa la mentalidad occidental, sino en un humilde «dejar ser a las cosas» en toda su misteriosa claridad. Se trata, como veremos, de una poesía que huye de todo ornamento innecesario, que trata de expresar la plenitud a través de lo aparentemente insignificante; una poética que, lejos de refugiarse en abstracciones lógicas o metafísicas, busca los ecos de la eternidad resonando en lo cotidiano, en lo terrenal, en lo efímero.
El haiku y la poética de lo efímero
Para comprender mejor a qué nos referimos al decir que el haiku representa una «poesía del instante», recurriremos al análisis de una célebre composición de este género:
Furu ike ya! El viejo estanque, ¡ah!
Kawazu tobikomu, Salta una rana:
Mizu no oto. ¡el sonido del agua!
El presente poema es obra de Bashō (1643-1694), considerado el fundador de la moderna escuela de haiku. Como puede observarse, se trata de una composición de una máxima brevedad, de una aparente sencillez que, quizás, podría incluso llevarnos a pensar que el autor no está expresando nada poético ni significativo en su composición.
Nada más que una imagen fugaz y de apariencia anodina se nos muestra: una insignificante rana saltando en un viejo estanque, causando con su inesperado movimiento un repentino sonido en la silenciosa quietud de las aguas. No hay mayor explicación ni desarrollo de la escena. Tampoco hay rastro de los humanos sentimientos del autor, cuya figura parece haberse desvanecido en sus propios versos. Tan sólo un instante se revela ante nosotros, un instante que escapa a nuestra percepción tan pronto como queremos apresarlo.
Sin embargo, cabe pensar que, para Bashō, esta rana y este lago, en su natural sencillez, expresaban «algo más». Con tal de plasmar ese «algo» en su poema, el poeta opta por borrarse a sí mismo, por no interponerse entre el lector y la escena. Dicha actitud de extrema humildad, de callada reverencia, nos sugiere que Bashō siente el eco de algo sagrado resonando en la imagen que tan lacónicamente nos describe.
Aunque el haiku no es un arte religioso en sentido estricto, sí cabe encontrar en él —tal como explica Daisetz T. Suzuki en su obra “El zen y la cultura japonesa”— fuertes resonancias de la espiritualidad propia del budismo zen. La íntima comunión humana con la naturaleza, la plena atención al instante, el vaciamiento del “yo” para permitir a las cosas mostrarse tal como son, constituyen todos ellos, ciertamente, elementos esenciales de la espiritualidad zen, los cuales supusieron una importante inspiración para la «poética del instante» que ejercita el haiku.
El haiku: poesía del camino
Pero Bashō, aunque estaba familiarizado con la doctrina zen, no era un monje, sino un viajero. No en vano, su obra más célebre, “Sendas de Oku”, narra una travesía hacia el norte de Japón, al encuentro de los lugares que Saigyō, poeta profundamente admirado por Bashō, describía en sus composiciones.
“Sendas de Oku” no contiene únicamente haikus, sino también notas de viaje y descripciones paisajísticas, entrelazadas con numerosas reflexiones suscitadas por los distintos lugares que Bashō visitó a lo largo de su peregrinaje. De tal manera, el libro se convierte no sólo en un diario de viaje, sino en una travesía interior que, según muchos consideran, expresa no sólo el sentir de un poeta, sino el de todo un pueblo.
Así, en “Sendas de Oku”, la poesía aparece firmemente arraigada a la tierra, pero con un alcance universal. Para Bashō, poeta-viajero por excelencia, el viaje supone una práctica espiritual íntimamente ligada a la poética del haiku, una poesía en que lo fugaz supone una encarnación de lo tradicional y de lo eterno, y en que el poeta busca desvanecerse para dar voz a las montañas, a los ríos, al viento, a la luna, a la infinita plenitud de la realidad de que todos nosotros formamos parte.
David García Alonso (Madrid, 1997) es Graduado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Su novela corta “El pozo de lo imposible” obtuvo un accésit en el I Certamen de Narrativa Corta Francisco Ayala para Autores Jóvenes (2021) y fue publicada en una antología. Su relato “Stellarium” fue incluido en la antología “Al otro lado del río” (2025), un proyecto publicado por la editorial Eirene y dedicado a dar voz a distintos autores vinculados a Carabanchel. Asimismo, su poema “Aspiración divina de la carne” fue galardonado con el primer premio en el Certamen de Poesía ADEPA (2024).
