Una ciudad adriática
El viento sopla con fuerza en la ciudad adriática. El mar embravecido ruge contra la costa y la espuma blanca borra su azul profundo habitual. Es Bora, hija de Eolo —permítanme la licencia—, que todavía chilla por la ausencia de su amado Tergesteo y contempla sus viejas lágrimas, ahora petrificadas: piedras desnudas, ásperas, que los italianos llaman Il Carso, los eslovenos, Kras, los austriacos, Karst. Quizá sea mejor regresar a casa.
Bora desciende fría desde las tierras del noreste hacia las aguas cálidas del mar Adriático. «È la bora», dirá repetidamente el parte meteorológico. Un temporal nada extraño para una ciudad que siente en la espalda el frío continental y en el rostro el clima mediterráneo. Una ciudad que se ha configurado entre dos climas, muchos acentos y diversos universos culturales. Una ciudad con muchos pretendientes. Una ciudad de frontera, de tránsito, como la definirá Claudio Magris (1939), su profesor emérito.
Estamos a inicios del Novecento y Trieste es todavía el puerto del Imperio austrohúngaro, la salida meridional al mar de Europa central; la lengua de la administración, el alemán; las lenguas de la ciudad, muchas. Trieste siempre se comunica con diferentes voces. ¿Acaso una ciudad puede ser tan importante culturalmente como Viena y Praga?
Dos escritores unidos por las clases de inglés
Estamos a inicios del Novecento y James Joyce (1882-1941) ha llegado como insegnante d’inglese a la ciudad. Es 1904. Se quedará por 12 años, si bien de modo interrumpido. Quizás ya con sus inconfundibles quevedos para observar la multietnicidad del puerto mercante. Se integra rápidamente en el enredo de formas de hablar y de actuar que definen la urbe. Parte de la intelectualidad triestina anhela que Trieste y le terre irredente se anexionen a Italia; Trieste, la otrora llamada urbs fidelissima por su lealtad al imperio, se debate entre dos amores. ¿Imperio o reino? ¿Pasado y presente o deseo futuro?
Joyce enseña inglés a Italo Svevo (1861-1928), pseudónimo de Aron Hector Schmitz, un triestino de cultura judía. Italo, por Italia, Svevo por los suevos, pueblo germánico. Identidad doble. Joyce y Svevo se hacen amigos. Hablan en inglés, charlan en triestino. Frecuentan cafés, sobre todo, el Stella Polare. Pronto abrirá el mítico Caffè San Marco (1914), que reunirá a los intelectuales de la época y observará cómo se falsifican pasaportes para aquellos que han decidido cambiar Austria por il bel paese.
¿Por qué elegir?, tal vez se pregunte Svevo, él que tiene formación habsbúrgica, habla en triestino y escribe como pasatiempo en un italiano muy particular. O escribía, pues la escasa resonancia de sus dos primeras obras ha inmovilizado en el siglo pasado su trabajo literario. Su lengua italiana ha sido aprendida in biblioteca, no es canónica, y se distancia de la pulcra morfosintaxis y del léxico preciso que la crítica cultural espera.
Autobiografía y poesía de autores locales
Estamos a inicios del Novecento y el escritor irredentista triestino Scipio Slataper (1888-1915) acaba de escribir Il mio Carso (1912), una autobiografía lírica y muy metafórica en la que la naturaleza yerma de la meseta cárstica que domina Trieste se convierte en su identidad literaria. El paisaje rudo de su tierra de juventud se funde con el entusiasmo rebelde y dolorido del joven poeta que ha sufrido el suicidio de su amada Anna, Gioietta. Il Carso salvaje como protección en el mundo; la Trieste urbana e imperial como opresión en la angustia.
Estamos a inicios del Novecento y Umberto Saba (1883-1957), el poeta más admirado de Trieste, ya ha comenzado a caminar por las laderas de la ciudad para construir esa relación de amor celoso que contará con su singular voz italiana de acento triestino en su eterno poemario Il Canzoniere. Quedan muchos años para que se publique póstumamente su novela incompleta Ernesto (1975) que detalla los encuentros sexuales de un adolescente, el propio Saba, en la Trieste de finales del Ottocento. La Trieste de los muelles, del puerto y el lupanar.
El tiempo pasa, la ciudad cambia, la literatura permanece
Estalla la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Muere Scipio Slataper (1915) que lucha como voluntario para el ejército italiano en el frente de Gorizia, frente a su propio Carso, frente a los enebros y las cuevas de su prosa poética, frente al impertérrito llanto de Bora. La guerra acaba con la anexión de Trieste a Italia. Es 1919, Saba intuye que el beneficio de la poesía no es suficiente para subsistir y compra una librería de viejo, será su refugio, y oficio, probablemente aún no lo sepa con certeza; Italo Svevo lee a Sigmund Freud y Joyce vuelve efímeramente a una Trieste diversa de la que le fascinó. Joyce abandona la urbe. Trieste es otra.
Estamos a inicios del Novecento y el escritor irlandés publica Ulises en 1922 en París, obra que traslada a Dublín esencias de la geografía urbana de Trieste y del laberinto multilingüe de la ciudad para hacer de la palabra un embarazoso juego lingüístico para el lector; también transfiere aspectos de la biografía y personalidad de su amigo Italo Svevo, unos rasgos que sirven de inspiración para la construcción del personaje principal de su novela, Leopold Bloom. Trieste en otra cartografía, comprimida en un solo día. El mosaico de la Trieste portuaria en lejanía.
Simultáneamente al éxito de su “alter ego” dublinés, Svevo publica en 1923 La conciencia de Zeno que, tras el respaldo de Joyce ante la élite literaria francesa, se convierte en una novela de éxito, pionera en la relación entre literatura y psicoanálisis, una obra de referencia en la literatura contemporánea italiana, su consagración literaria gracias a una lengua no cotidiana, pero que finalmente sí ha hecho suya. «Svevo podía haber escrito bien en alemán, pero decidió hacerlo mal en italiano», dirá Umberto Saba en una afirmación con doble interpretación. Pero esas inexactitudes paradójicamente crean un estilo personal, una voz propia. Una lengua imperfecta con la que contar las pulsiones obsesivas del mundo interior. Estamos hablando de Trieste y Svevo, al fin y al cabo.
Misma ciudad, nuevos autores, mismo viento
Estamos a inicios del Novecento y todavía quedan algunos años para que lleguen a la ciudad Jan Morris (1926-2020) y Marisa Madieri (1938-1996). Lo harán al término de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) para escribir posteriormente dos relatos geniales, pero distintos, dos miradas, dos memorias, dos recuerdos: la melancólica Trieste o el sentido de ninguna parte (2001) y la preciosa Verde acqua (1987). Morris, desde la lente nostálgica de la viajera extranjera que narra la historia de esplendor cultural y de identidades de una urbe de frontera; Madieri, desde la óptica íntima y honesta del interminable éxodo de los refugiados italianos hacia Trieste, procedentes de su Fiume (actual Rijeka) e Istria, en los años en que la ciudad se debatía entre Italia, Yugoslavia y el dominio angloestadounidense.
El viento arrebatado ha empezado a soplar. Es Bora, hija de Eolo... Quizá es hora de regresar a casa. Continuará.
Álvaro López del Río es profesor de Lengua Española y sus Culturas desde 2015 en diversas universidades chinas. Ha impartido clases en las ciudades de Shijiazhuang, Tianjin y Hangzhou, desempeñando funciones de lector y profesor adjunto.
